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By Mario Vargas Llosa

Vargas Llosa nos result in sin paliativos a dejarnos prender en l. a. pink sutil de perversidad que, poco a poco, va enredando y ensombreciendo las extraordinarias armonía y felicidad que unen en los angeles plena satisfacción de sus deseos a l. a. sensual doña Lucrecia, los angeles madrastra, a don Rigoberto, el padre, solitario practicante de rituales higiénicos y fantaseador amante de su amada esposa, y al inquietante Fonchito, el hijo, cuya angelical presencia y anhelante mirada parecen corromperlo todo. l. a. reflexión múltiple sobre l. a. felicidad, sus oscuras motivaciones y los paradójicos entresijos del poder putrefactor de l. a. inocencia, que subyace en cada una de sus páginas, sostiene una narración que cumple con los angeles exigencias del género sin por ello deslucir los angeles rica filigrana poética de l. a. escritura. Vargas Llosa introduces us to the sophisticated internet of perversity surrounding Lucrecia, the sensual step-mother, Rigoberto, the daddy and an innovative lover to his spouse, and Fonchito, the son. a desirable interaction among innocence and perversity.

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Semidisuelta, su mente vagabundeaba entre un corso de imágenes, pero, cada cierto tiempo, una de ellas cobraba fuerza y se fijaba con un halo insinuante en su conciencia: el cuadro de la sala. Lo que le había dicho el niño la inquietaba un poco y la llenaba de misteriosa desazón, pues sugería en esa fantasía infantil unas profundidades mórbidas y una agudeza insospechadas. Más tarde, luego de levantarse y desayunar, mientras Alfonsito se duchaba, bajó a la sala y estuvo contemplando el Szyszlo largo rato.

Hasta que, como en sueños, sintió el freno de un automóvil y, poco después, la voz de su marido, llamándola. Se incorporó de un salto, espantada; su miedo contagió al niño cuyos ojos se impregnaron de susto. Vió la ropa desordenada de Alfonso, las marcas de carmín en su boca. «Anda a lavarte», le ordenó, deprisa, señalando, y el niño asintió y corrió al baño. Ella salió de la habitación mareada y, poco menos que a tropezones, cruzó el saloncillo que daba al jardín. Fue a encerrarse en el baño de visitas.

Sí, sí, ése era él. El anacoreta, el santón, el monje, el ángel, el arcángel que sopla la celeste trompeta y baja al huerto a traer la buena noticia a las santas muchachas. –Hola, hola, caballero y caballerito –cantó desde el umbral del escritorio doña Lucrecia. Su nívea mano lanzó al padre y al hijo unos besos volados. 52 14 El joven Rosado La calor del mediodía me adormeció y no lo sentí llegar. Pero abrí los ojos y estaba allí, a mis pies, en medio de una luz rosada. ¿Estaba allí, en verdad?

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